El gol secreto de Yeyo

Jacobo Abal descubrió tiempo después de la muerte de su abuelo que éste anotó el tanto del Vigo en la final de la Copa del Rey de 1908 contra el Madrid

 

Una fotografía del Fortuna de 1908 cuelga de una de las paredes del salón en casa de Jacobo Abal; de otra, un banderín del Celta de los años cincuenta. Hasta los recados se anotan en una agenda con membrete céltico. En la colección que posee este miembro de la peña Terra Celeste hay objetos reunidos por él; otros, herencia de su abuelo, Adolfo Posada Valenzuela, insospechado goleador en la primera final de Copa perdida por el fútbol vigués.

Jacobo Abal creía saberlo todo de su abuelo materno,

Plantilla del Fortuna en 1908; Posada es el tercero por la derecha entre los sentados

Adolfo Posada, quien lo bautizó a la fe celeste. Adolfo Posada, Yeyo cuando se calzaba los borceguíes, jugó a comienzos del siglo XIX en el Fortuna, secundó con entusiasmo la fusión con el Vigo Sporting de la que en 1923 nació el Celta y fue socio del club hasta su fallecimiento en 1978. Un día, tiempo después de su muerte, Jacobo descubrió la ficha de la Copa del Rey de 1908, torneo con categoría de Campeonato de España; la primera de las finales perdidas por el fútbol olívico. El Vigo -a secas, ya que se uniría al Sporting en 1913- cayó 2-1 en el Estadio O’Donnell ante el Madrid, al que Alfonso XIII aún no había apellidado Real. Neyra y Revuelto habían marcado para los merengues. Por los de casaca roja y blanca acortó distancias Posada, alentando diez minutos de esperanza finalmente estéril. Posada, su abuelo. Jacobo explica: “Aunque fuese del Fortuna, en aquella época podían contar con jugadores de otro equipo si les hacía falta. Pero él nunca me dijo que hubiese marcado en la final. No sé por qué”.

Jacobo Abal con algunos de sus tesoros célticos

Yeyo se fue pero permanece en su nieto, que custodia su memoria. Un patrimonio material, repartido en cajas, cajones y paredes: insignias, banderines, camisetas, cromos, entradas, libros, carnets… Dentro de la cartillita de socio del Celta de los cincuenta, ‘socio de mérito’, aparece un billete de tranvía empleado para ir a Balaídos. La vida de Adolfo transcurre en sus retratos deportivos: joven y repeinado formando con el Fortuna; con bigote en su madurez; afeitado y enjuto mientras se agosta.

Nunca desmayó la devoción por el fútbol de ese chico que en la imagen del Fortuna de 1908 gira el cuello, en una pose en boga. Adolfo Posada había nacido en Vigo en 1889. Aprendió a jugar en los cuadros del relleno, donde hoy está la Alameda, contra los empleados del Cable Inglés. Los postes de las porterías se guardaban en los bajos de su casa, en Colón. En el Fortuna actuó de extremo derecho, proclamándose campeón gallego en 1906, 1908 y 1909, además de ganar la Copa Santiago de 1906 y en 1909 la Compostela y la Galaico-Portuguesa. Tras un paréntesis, por estudios entre 1909 y 1913 en el Reino Unido, regresó y aún tuvo ocasión de sumar el campeonato gallego de 1915 antes de retirarse.

Posada se enroló en el Celta como socio desde el inicio. Convirtió su afición en un legado familiar. Para Jacobo fue su vínculo con el hogar durante su infancia en A Coruña, donde trabajaba su padre Isidoro Abal, casado con Lucía Posada. Cuando llegaba a casa de Balaídos, el abuelo Yeyo llamaba a su nieto por teléfono y le relataba el encuentro. Si el Celta había jugado fuera, le repetía lo que habían comentado en Radio Vigo porque el pequeño Jacobo, en A Coruña, sólo podía oír la información más breve del programa nacional. Fue de la mano de Yeyo y de Isidoro que Jacobo entró por primera vez en el estadio celeste; en el Ciudad de Vigo de 1973 contra el Chelsea, que terminó 3-3. “Ese día me enamoré del Celta”, confiesa. Fenoy, fichado dos campañas más tarde, fue su gran ídolo. Una fotografía dedicada figura entre las joyas que él ha ido añadiendo, ya como propias, a la colección.

“Él me contaba cómo había sido de jugador y su manera de entender el fútbol”, recuerda Jacobo. “Me hablaba del respeto al referí, como llamaba a los árbitros; que no concebían tirarse o engañar. Se lavaban ellos mismos la ropa y se pagaban los viajes; si algún compañero no podía, le ayudaban”. En los partidos contra el Deportivo los anfitriones invitaban a comer o merendar. Yeyo relataba que una vez los herculinos les sirvieron una liebre que resultó ser conejo, con las consiguientes risas. “Todo era más inocente”. Como prueba de aquella buena relación, cuando el gol de Nolete ascendió al Celta a Primera en la promoción de 1940, Yeyo escribió una carta a la Federación Española solicitando que también admitiesen al Deportivo.

Al fútbol moderno, su abuelo le exigía como espectador “ese mismo respeto al balón, al juego y al contrario. Concebía el fútbol sin tanta histeria, para divertirse, aunque era de ver los partidos sin muchos comentarios, serio, vestido con chaqueta, chaleco y leontinas”. En cuanto a estilo, “le gustaba más el de ida y vuelta que el toque. Hubiera preferido el Celta actual que el de Víctor Fernández”, aventura su nieto.

Jacobo, que mañana acudirá al choque contra el Standard (“se debe ganar, tenemos mejores futbolistas”), es un miembro activo de la Peña Terra Celeste. La presidenta, Reyes Álvarez, asiste a la conversación. Jacobo diserta sobre las filias hipotéticas de su abuelo si aún viviese.

– Sería más de Messi que de Cristiano-, supone.

– Sería de Iago Aspas-, acota Reyes. Y Jacobo asiente.